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Tratamientos horribles que se usaron para curar enfermedades

Publicado por Unknown el miércoles, 30 de marzo de 2016 | 10:02 p.m.


Para nadie es un secreto que en algún punto de la historia los médicos practicaban un tipo de medicina que hoy sería considerada una tortura. Con tratamientos que iban desde beber orina hasta punzar el ano de un pobre desgraciado con metales incandescentes, es un milagro que la práctica se haya mantenido vigente al punto de convertirse en una de las industrias más lucrativas del mundo.



Una “cura” para el feminismo.

El feminismo no es nada nuevo, a finales del siglo XIX los médicos de la época tuvieron que hacerle frente a esta “epidemia” que parecía no tener ninguna explicación: las mujeres se estaban comportando de forma inusual, se rehusaban a encargarse de la despensa y exigían voz y voto. Para el neurólogo Silas Weir Mitchell, la solución fue más que simple: había que curar esta “histeria” a través de algo que llamó “Rest Cure” (cura del descanso).


La propuesta del médico fueron sesiones que indicaban un reposo absoluto en camas que entonces estaban destinadas para las personas en coma o a punto de morir. Las mujeres que eran diagnosticadas con esta “enfermedad” eran obligadas a permanecer en estos lugares hasta dos meses sin hablar, leer, dibujar o hacer cualquier actividad que estimulara sus mentes.

Para empeorar la situación, como parte del tratamiento, solo se les alimentaba con pan, mantequilla y chuletas de cerdo. ¿Las razones? Mitchell creía que las mujeres gordas no sufrían de estos “padecimientos mentales”.


Para evitar la atrofia muscular, los enfermeros realizaban mansajes a las pacientes.

Entre las damas que pasaron por este tratamiento se encontraban las escritoras Virginia Woolf y Charlotte Perkins Gilman, que advirtieron sobre los efectos contraproducentes y denunciaron que el método tenía como objetivo perpetuar la subyugación de las mujeres.

Para que no se diga que estamos contando la historia incompleta, algunos hombres también recibían este tratamiento. Pero, por alguna razón, ellos tenían la opción de “descansar” o viajar al Oeste a disfrutar de actividades terapéuticas como la equitación y la caza. ¿Parece justo, no?



La solución para el tartamudo era cortarle la lengua.

Lo creas o no, la medicina del siglo XVIII y XIX era toda una caja de sorpresas. Si eras tartamudo, corrías el riesgo de que te cortaran la lengua. Para que te des una idea de lo terrible que era eso, échale un vistazo a la indumentaria médica destinada al procedimiento:


Como en ese tiempo la mentalidad de la medicina se enfocaba en “sacar al chamuco”, la cura para la tartamudez era una hemiglosectomía – es decir, cortarle un trozo de lengua al tartamudo. El responsable por esta idea fue un cirujano alemán que vivió a mediados del siglo XIX, un hombre llamado Johann Friedrich Dieffenbach. Este sujeto creía que la tartamudez era provocada por espasmos involuntarios en la laringe que resonaban a lo largo de la lengua. Por eso, el tratamiento consistía en hacer una incisión horizontal en la raíz de la lengua y extraer un trozo en forma de cuña triangular del órgano.


Puesto de otra forma, Dieffenbach cortaba una rebanada de pizza del músculo del habla. Después de practicar su método en un pequeño de 13 años que sufría de tartamudeo grave, Dieffenbach realizó la cirugía a centenas de pacientes por toda Alemania y Francia, pese a que los resultados no tenían ningún fundamento. Lo peor fue que una gran parte de sus pacientes murieron desangrados.



Si había que analizar la orina, nada mejor que beberla.

La medicina no siempre tuvo a disposición equipo y tecnología para descubrir qué había de malo con sus pacientes. En los albores de esta noble profesión, básicamente, el problema tenía que ser algo visible, tangible, “olfateable”, audible o degustable.



Así las cosas, ¿cómo imaginas que descubrían los problemas internos de un paciente a través de la orina? Basándose en la observación de que la orina de algunos pacientes diabéticos atraía a las hormigas, algunos médicos concluyeron que este líquido, secretado por los riñones, debería ser dulce. Y como no podían entrenar a los insectos para diagnosticar, la solución más simple fue beber la orina de los pacientes.

En 1674, el médico Thomas Willis apuntó que la orina de uno de sus pacientes diabéticos era “maravillosamente dulce, como si estuviera mezclada con miel o azúcar”. ¡WTF!

Y como sucede con cualquier catador de vinos, no se puede tener un conocimiento general de una bebida sin considerar también aspectos como el aroma, color y turbidez; por lo que los médicos desarrollaron una “ruleta de la orina” para apoyarse con el diagnostico en la degustación.


Cuando se documentaban los desechos humanos en estas ruedas de color, los médicos podrán determinar de un vistazo (y una aspiración o un sorbo) si el paciente debían reducir la ingesta de azúcar, su consumo de mercurio o hacer recibir los santos oleos después de su reciente litotomía. Afortunadamente para todos los médicos que tuvieron que beber orina de los enfermos, el advenimientos de los análisis clínicos a finales del siglo XIX marcó el comienzo de una nueva era en la exploración de desechos, transformando las ruletas de orina es un objeto rudimentario y obsoleto en la colección del progreso médico.



¿Hemorroides? Nada mejor que un fierro al rojo vivo.

No creo que haya nadie en este mundo que quiera padecer de hemorroides. Pero, si eras tan desafortunado como para tener esta enfermedad en la Edad Media, no creas que te recetaban cremas y una almohada para sentarte. El tratamiento se hacía a base de hierros al rojo vivo que eran colocados directamente en el lugar del problema, ahí donde nunca pega el Sol, hasta que las hemorroides del pobre desgraciado se quemaban y explotaban.


Hipócrates escribió un tratado de siete partes sobre el diagnóstico y tratamiento de las hemorroides. El método de tratamiento preferido – además de vaciar agua y orina hirviendo en el trasero afectado, que era otro remedio aceptado – involucraba calentar “siete u ocho piezas pequeñas de hierro” hasta al rojo vivo, fruncir el ano del paciente a su máxima capacidad y después tocar con las piezas de hierro el área problemática. En los casos más graves se insertaba un tubo, y a través de este se metía y sacaba una barra de hierro ardiente a manera de pistón hasta que las hemorroides salían como “un trozo de piel chamuscada”.


La medicina en aquella época era una barbarie y siguió siéndolo durante mucho tiempo. El libro “Fistula, Hemorrhoids, Painful Ulcer, Stricture, Prolapsus and Other Diseases of the Rectum: Their Diagnosis and Treatment” de William Allingham publicado en 1882, describía las esferas al rojo vivo como tratamiento ideal para las “almorranas”. Los resultados solían ir desde “un gran dolor, una recuperación retardada y hasta los abscesos”. Afortunadamente cambiamos el hierro incandescente por el láser.




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