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¿Porque los aviones no cuentan con paracaídas para pasajeros?

Publicado por GEA Project el miércoles, 11 de marzo de 2015 | 13:06

“En caso de despresurización de la cabina, las máscaras caerán automáticamente de los compartimentos situados por encima de su cabeza. Tome una de ellas, colóquela sobre la nariz y la boca, ajustando el elástico alrededor de la cabeza y después, si es necesario, auxilie a otros. En caso de un aterrizaje sobre el agua, recuerde que su asiento flota…”


Si has viajado en avión, seguramente escuchaste alguna vez estas instrucciones de parte de las asistentes de vuelo. En ningún momento te indican: “Su paracaídas se localiza bajo su asiento para su uso en caso de un accidente grave en el avión”. La realidad es que los vuelos comerciales no tienen este equipamiento y, curiosamente, muchas personas ignoran los motivos.

Los cintos de seguridad y las bolsas de oxígeno indudablemente salvan muchas vidas. De la misma forma los paracaídas salvan a personas que, por diversos motivos, requieren salir a toda velocidad de un avión en pleno vuelo, generalmente en aeroplanos chicos o de la fuerza aérea.

Sin embargo, en los vuelos comerciales, los paracaídas no están disponibles en caso de una emergencia y hay buenas razones para ello. La primera es que resulta casi seguro que no salvarán la vida a nadie. Pero, antes de hablar del por qué, repasemos las característica de los aviones más populares empleados en los vuelos comerciales.


Un avión comercial promedio.

Una de las series más populares en vuelos comerciales alrededor del mundo es la del Boeing 737. Un ejemplo es el modelo 737-800 que es capaz de transportar a un total de 200 personas.

Aunque sus velocidades son variables, en promedio un 737-800 viaja a 960 km/h, a una altitud de crucero de 10.6 mil metros. La altitud de crucero es proporcionada por los controladores de tráfico aéreo y generalmente alcanzan los 12 mil metros, excepto para vuelo largos, que pueden subir un poco más.


El paracaidismo.

En vuelos particulares donde se práctica el paracaidismo, el avión generalmente viaja a velocidades de entre 130 y 180 km/h cuando el paracaidista hace el salto. Los saltos en caída libre acelerada tienen lugar a entre tres y cuatro mil metros, mientras que los saltos de línea estática implican altitudes más bajas, como los mil metros.

Los paracaidistas experimentados pueden hacer saltos más arriesgados, aunque cuando los descensos empiezan en altitudes superiores, de 4.5 mil metros, el riesgo de hipoxia (deficiencia de oxígeno) aumenta significativamente, afectando la toma de decisiones seguras y eficaces en los momentos críticos.

Por este motivo, los paracaidistas que saltan a una distancia de 4.5 mil metros o más llevan una máscara de oxígeno suplementaria. Ahora, imagina un salto a seis mil metros. Entonces ¿cómo sería el caso si saltaras de un avión comercial? El riesgo de la falta de oxígeno es terriblemente mayor, además de que la velocidad de la aeronave es mucho más rápida.

A eso agreguemos que cada paracaídas puede pesar unos 20 kg y que el equipo es costoso. Para estar totalmente equipado – con un paracaídas principal, el de reserva, el AAD (Dispositivo de Apertura Automática), altímetro, casco y gafas, un “kit” completo costaría más de USD $6,500.

Eso sin contar que para los pasajeros sería necesario tomar un curso de entrenamiento de, al menos, cuatro horas (tiempo mínimo en que se enseñan las instrucciones de saltos individuales), pues utilizar el equipo no es tan simple como lo hace ver Hollywood, mucho menos en situaciones de pánico y para quien nunca lo ha hecho. Por eso, quien se aventura en un salto por diversión, lo hace con la compañía imprescindible de un instructor capacitado para saltar en parejas (salto tandem).

En una hipotética situación en que el avión se estuviera desplomando, tendrías muy poco tiempo para tomar el paracaídas y colocarlo correctamente, y tendrías que hacer todo eso mientras mantienes la máscara de oxígeno alrededor de tu cabeza y el cinto abrochado para no ser lanzado contra las paredes de la cabina. Considerando todas estas variables, resulta muy poco probable que un equipo de paracaídas salve vidas en un vuelo comercial.

Además, todos tendrían que mantener la calma y saltar de forma ordenada, lo que exigiría esperar pacientemente tu turno de saltar. Algo muy difícil de lograr en un grupo de personas en pánico que luchan por sus vidas. Pero la inviabilidad de los paracaídas en los vuelos comerciales no se termina allí.

En un avión con capacidad para 200 personas, incluida la tripulación, el peso de todos los equipos de paracaidismo necesarios sumaría casi cuatro mil kilogramos a la aeronave, lo que no sería nada bueno.

Además, ocuparía mucho espacio en un lugar que ya es bastante restringido. Y aunque hubiera un compartimiento disponible para organizar el voluminoso equipo, es posible que su uso fuera desperdiciado en situaciones extremas. A continuación te decimos la razón.


En pleno vuelo.

El momento ideal para que las personas salten del avión es cuando está estabilizado. Sin embargo, los accidentes más fatales suceden durante los despegues y aterrizajes. Para hacerse una idea, entre el 2003 y el 2012, solo un 9% de todos los accidentes fatales tuvieron lugar mientras el avión estaba en pleno vuelo, así lo confirman las estadísticas de Boeing.

Peor aún, por lo menos uno de esos accidentes tuvo lugar por culpa de fuertes ráfagas de viento o tormentas intensas. Dos situaciones en las que el uso del paracaídas es totalmente desaconsejable, aunque se sea un especialista en el área.

Así, aunque fuera posible saltar de un avión, las condiciones en que los paracaídas podrían, teóricamente, salvar vidas casi nunca ocurrirán en accidentes comerciales fatales. Pero, aún hay más. Los equipos tendrían que incluir más elementos para contribuir a una supervivencia en un salto de gran altitud.


Más Rápido y más alto.

A 10.6 mil metros todos los pasajeros tendrían equipo para grandes altitudes, entre los que se incluye un tanque de oxígeno, máscara y regulador, traje especial de vuelo, casco balístico y un altímetro específico. Sin eso, es casi seguro que la persona se desmaye debido a la falta de oxígeno y despierte más tarde con el paracaídas abierto (o no) a menos de 4.5 mil o 6 mil metros.

Sin embargo, esa posibilidad es casi nula, dado que los aviones se mueven tan rápido que muchos pasajeros se impactarían contra el avión al intentar salir y sufriría lesiones debilitantes, por decir lo menos.


Los extraños casos de supervivencia sin paracaídas.

Según los informes de la Aircraft Crashes Record Office, con sede en Ginebra, entre los años de 1940 y 2008, se han registrado 157 casos de personas que cayeron de aviones durante un accidente, sin paracaídas, y milagrosamente sobrevivieron para contar su historia.

Además, 42 de estos casos tuvieron lugar en alturas de más de tres mil metros. Uno de los casos involucró a un oficial británico cuyo avión fue derribado en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El hombre cayó desde una distancia de 5.5 mil metros sin paracaídas. Su caída fue amortiguada por pinos y nieve suave. Tras su “aterrizaje”, salió sin heridas graves, con apenas un corte en la pierna.

Mientras que Vesna Vulović, una azafata yugoslava, sobrevivió a una caída de 10,160 metros cuando el avión en el que viajaba explotó sobre Checoslovaquia, el 26 de enero de 1972. Ella se aferró a su asiento de tripulación en la cola del avión, que se mantuvo unido a los baños.

Estas partes del avión cayeron sobre una montaña cubierta por nieve, lo que de cierta manera amortiguó el impacto de la caída. Vulović se rompió ambas piernas, quedó 27 días en coma y temporalmente paralitica. Ningún otro pasajero sobrevivió ese día.

En diciembre de 2006, Michael Holmes, un paracaidista británico, sobrevivió a una caída de 3.9 mil metros, cuando su paracaídas principal y también el de reserva fallaron en la apertura. Cayó en Nueva Zelanda, sobre un arbusto de moras silvestres, se rompió un tobillo y se perforó un pulmón. NYTimes.




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Acerca de GEA Project

Loco aventurero, amante de la tecnología y la música romántica, programador, diseñador y compositor en ratos libres, creador del concepto GEA Project: Tecnología libre, en cada rincón... Porque todos deberían vivir para amar



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